Me encantaba quedarme a dormir en la casa de mi abuela. Estaba en un barrio formado por casas con terrenos grandes, que las familias habían ido loteando. La de mi abuela ocupaba un cuarto de manzana, y los fondos del terreno lindaban con la cancha de pelota a paleta,y una de las diversiones más grandes era buscar entre las plantas las pelotitas negras, que escapaban a los jugadores. La casa tenía habitaciones grandes, altas, con pisos de madera. La cocina tenía pisos calcáreos de color blanco y negro. El comedor, igual de grande, me atraía por el escritorio, todo un lujo para mí. Estaba rodeada de jardines y quinta, algunos frutales, y un horno de barro en el centro del patio. A un costado, la herrería de mi abuelo Cándido, que yo conocí ya en manos de mis tíos Victorino y Horacio. Era maravilloso para mí observar la fragua en funcionamiento, miles de chispas centelleantes, la masa moldeando el hierro candente, los rincones llenos de tornillos e hierros retorcidos. A la entrada de la cocina había una especie de corredor, con un enrejado de madera donde trepaba una pasionaria. ¡Qué planta bonita y misteriosa! Y también recuerdo que había madreselvas. Esos perfumes, y las especias que mi abuela usaba, el clavo de olor, la canela, la vara de vainilla, forman parte de estos recuerdos, los endulzan enmarcan.
A la noche, cuando ya todo estaba en silencio, me gustaba la sensación de seguridad que daban las altas paredes del dormitorio, pegado a la vereda, desde donde llegaban los ruidos de los transeúntes noctámbulos, anunciados por sus silbidos. Ese sonido, lejano primero, se iba acercando paulatinamente, y yo atenta lo seguía, esperando la aparición del sonido de los pasos, y el golpe de los tacos sobre el suelo. Y después, los sonidos se alejaban, y otra vez el silencio.
Durante el día, la aventura eran las plantas... acompañar a la abuela mientras regaba, podaba, limpiaba sus plantas de flores y arbustos, y una por una, las nombraba y me contaba de dónde las había traído. Había una en especial de la que sacaba unas semillas lustrosas, pequeñas y redondas, que parecían perlas marrones, con las que luego confeccionaba rosarios. Me encantaría tener esa planta, pero pocos la recuerdan, y mi mamá cree que la semilla la habían traído de Mendoza, en donde residía la familia de mi abuela.
A veces acompañaba a mi abuela a hacer los mandados a la despensa Roca, otras veces, le hacía yo algún mandado en el almacén de Coca, en la esquina. Este señor siempre me preguntaba: "¿Quién eres tú?" Y no había pregunta que lastimara más mi ego infantil, porque no cabía en mí pensar que alguien en el mundo no me conociera. Me resulta muy gracioso recordarlo, porque el enojo era profundo.
En el barrio vivían familias que formaron parte de la historia de mi mamá y de mis tíos: los Nondedeu, los Rostoll, los Rodríguez, los Amoruzo. Viejas familias, enlazadas por casamientos y madrinazgos, compartían los frutos de sus quintas, en ese mundo mitad urbano, mitad rural, donde los gallineros seguían existiendo, y llegué a ver ¡un guanaco! que mis tíos habían traído de sus aventuras de caza. No sé qué pasó con el animal, pero no cuesta mucho imaginarlo, en una época en que "todo bicho que camina iba a parar al asador".
Este barrio era distinto al mío, las casas estaban casi una al lado de la otra, había veredas, de tierra, pero marcadas, y las calles estaban en mejor estado, a pesar que asfalto no había todavía.
Lo lindo era cuando se juntaba toda la familia, entonces venían los primos y primas, y nos subíamos a la higuera, y jugábamos a la escondida, y la abuela se sulfuraba porque no respetábamos a sus amadas plantas.
Luego la casa se vendió. Qué tristeza. Porque no sólo se vendió el terreno y la casa, sino que se vendió también el lugar de reunión familiar, que no fue reemplazado por otro, La familia se distanció, a los primos los veía muy de vez en cuando, la vida escolar ocupó cada vez más mis horas y esa parte de la infancia pasó. Durante muchos años, en la vieja herrería funcionó un taller, y conservaba la vieja puerta de madera. Ahora ya fue reemplazada por una puerta de hierro, pero el lugar sigue allí, en pie. La casa fue reformada, sobre el jardín también se construyó, el paisaje todo cambió. A veces, cuando pasamos por la Velazco (hoy Villegas) le digo a mi hija, '"ahí estaba la casa de mi abuela", y no puedo evitar el nudo en la garganta, y los ojos se me nublan de lágrimas.
viernes, 18 de junio de 2010
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